viernes, 23 de octubre de 2026

Aprender a discrepar: la teoría de la estupidez de Bonhoeffer como herramienta en el aula



El profesor de filosofía en Oxford y divulgador Jonny Thomson, presenta un vídeo dedicado a la teoría de la estupidez humana, de Dietrich Bonhoeffer, que puedes der un punto de partida interesante para reflexionar con nuestro alumnos sobre el problema que la misma como fuerza irracional son impacto social destructivo. Asímismo, nos ofrece bases muy sólidas para el diseño de un modelo de debate racional que podemos poner a prueba en el aula a modo de ejemplo de lo que debe ser un ejercicio de análisis crítico compartido mediante el diálogo. A partir de las ideas de Bonhoeffer, Thomson analiza cómo la renuncia al pensamiento crítico, la resistencia a revisar las propias creencias y el conformismo con el grupo pueden conducir a personas inteligentes y formadas a respaldar ideas o comportamientos perjudiciales. En este sentido cita a Steven Levitsky y Daniel Ziblatt y su obra How Democracies Die, Cómo muere la democracia, de 2018, señalando como riesgos para nuestras democracias actuales el abuso y acumulación de poder, algo que ocurre cuando los gobernantes u órganos legislativos sobrepasan y vulneran sus límites constitucionales e históricos para concentrar atribuciones y, el factor que el autor considera más alarmante, la ilegitimación y demonización del adversario,  algo que se manifiesta cuando se deja de tratar a la oposición como un rival político legítimo y se la tilda de "monstruosa", "malvada" o "demoníaca", generando la idea de que no se debe tolerar la disidencia ni dar espacio a posturas contrarias en las instituciones. Cuando la estupidez intelectual se instala en el ámbito del poder político, las personas entregan su capacidad de pensamiento crítico a la disciplina de un partido o a una identidad tribal, cayendo en un estado de pasividad donde son arrastradas por líderes con intenciones maliciosas. Por ello, sostiene que la supervivencia democrática exige proteger y fomentar institucionalmente la disidencia y el debate abierto. 

En su vídeo encontramos un recurso para abordar cuestiones en las que la filosofía aplica su modelo de indagación crítica a aspectos vinculados a nuestras convicciones y nuestra identidad; en el mismo Jonny Thomson sintetiza brillantemente una exposición sobre Dietrich Bonhoeffer y su teoría sobre la estupidez humana, el riesgo que los mismos suponen para la consolidación de la democracia, la visión aristotélica de los tres factores implicados en el diálogo: el lógico, el ético y el emocional, y su apuesta a favor del modelo de diálogo socrático como forma de aproximación sincera y respetuosa a los temas tratados en la filosofía. Lo podemos proyectar en clase con subtítulos en castellano y el trabajo de reflexión sobre el mismo nos puede servir como actividad propedéutica a temas específicos que pudieran generar controversia y respecto a los cuales convienen  previamente haber trabajado aspectos relativos a las reglas que han de definir un diálogo constructivo y filosófico. 

Al exponer la teoría de Bonhoeffer presenta la estupidez como una amenaza para la civilización superior al mal, porque mientras el mal se desenmascara con facilidad y provoca rechazo, la estupidez atrapa a la masa enajenándola de la capacidad de autocrítica e inmunizándola contra la razón. La distingue de la necedad de las acciones imprudentes, de la falta de capacidad cognitiva, o de la simple ignorancia o falta de educación o información. La estupidez se define por estos tres rasgos: la renuncia al pensamiento crítico, que se entrega a terceros, la ignorancia deliberada y la resistencia a la información molesta y el conformismo con el pensamiento grupal. Aunque su contexto resulta en nuestros días fácilmente reconocible, el de la Alemania nazi, cabe una extrapolación de sus rasgos distintivos a nuestros días, algo ya más difícil de reconocer en la medida en que nos afecta, así por ejemplo, negándonos a escuchar o leer planteamientos opuestos a los nuestros, entregando la toma de decisiones morales a la tecnología, la inteligencia artificial o a voces que suponemos autorizadas, o sintiéndonos obligados a apoyar o criticar ciertas posturas por mor del reconocimiento y miedo al rechazo social. Su propuesta para combatir la estupidez a nivel personal consiste en esforzarse por analizar y escrutar las propias creencias buscando argumentos falsadores; a nivel interpersonal, en mantener una postura empática y diálogo socrático.

Otro concepto que se analiza es el de adoctrinamiento, siguiendo para ello a Chris Ranalli. Entiende que podemos hablar de él cuando una persona cierra su postura a cualquier alternativa y vincula sus creencias directamente con su identidad, percibiendo cualquier postura rival como una prueba de fe o amenaza personal. Un síntoma del mismo puede ser el desestimar inmediatamente cualquier información o prueba por el simple hecho de provenir de los que se entiende como "medios de comunicación hegemónicos" o medios que consideramos tendenciosos y sesgados. Como mecanismo para afrontar el problema propone la búsqueda de un entorno seguro donde cuestionar o dudar de una creencia no ponga en riesgo la identidad de la persona y se aborde con empatía y calidez interpersonal.

Especialmente interesante en el contexto de nuestra asignatura en el contexto del análisis de la estupidez resulta la alusión al concepto socrático de amathia, que no debe confundirse con la ignorancia simple, sino la ignorancia voluntaria de aquél que deliberadamente decide suspender el juicio prudente. Una condición voluntaria en la que se celebra no saber algo y no se  realiza ningún esfuerzo por aprender o corregir la falta de conocimiento. Se da en culturas o grupos donde se ridiculiza a quienes poseen cierto tipo de conocimiento (elitismo inverso) y se presume de la falta de saber. Como antídoto propone adoptar la actitud socrática de reconocer la propia ignorancia e investigar continuamente para resolverla.

Cita a Robert Musil para desarrollar una diferenciación más precisa entre la estupidez inteligente y la ordinaria. Así, mientras que la estupidez ordinaria refleja limitaciones cognitivas simples, la estupidez inteligente ocurre cuando individuos altamente educados, cultos y capaces utilizan sus capacidades intelectuales para fines insensatos o destructivos. Como ejemplo de ello cita a figuras muy capacitadas e intelectuales como el arquitecto Albert Speer, que puso su talento científico y tecnológico al servicio del régimen de Hitler. Su propuesta en este sentido consiste en fomentar la responsabilidad ética y la autocrítica continua para no poner el intelecto al servicio de dogmas irresponsables.

Otro concepto que es abordado en el vídeo es el de Intrusión epistémica: en fenómeno muy común consistente en que expertos competentes en un campo específico opinan de manera dogmática sobre otras disciplinas que desconocen, impulsados por la soberbia intelectual y la sobreestimación de sus habilidades transferibles. Su ejemplo es el de un astrofísico opinando autoritariamente sobre ciencia política, un mecánico sobre cirugía de árboles, o un médico sobre economía. (En el campo de la filosofía conocemos bastante este fenómeno de intrusión, así por ejemplo cuando se trata de imponer a la misma extrapolaciones simplistas basadas en el prestigio científico de quien las formula). Para ponerse a salvo de ello, nos propone reconocer los límites del propio dominio de conocimiento y no asimilar la pericia de un área específica con el saber general.

Siguiendo en este punto a Aristóteles, señala cómo cuando debatimos, parecería que son la razón y los hechos, el logos, el factor determinante del ejercicio de persuasión, siendo sin embargo otros factores como el carácter o la reputación del emisor, el ethos,  y la conexión emocional con el oyente, el pathos, los que determinan el peso que inclina la balanza a su favor o en su contra. Un ejemplo que evidencia la falta de conciencia eneste punto es tratar de convencer a alguien cerrado con argumentos puramente lógicos; el rechazo a las evidencias no provendrá tanto de la falta de solidez argumental, sino de la percepción del emisor como un adversario. El modo de afrontar el problema estaría en adaptar el debate no solo a la lógica racional, sino siendo conscientes de la importancia emocional de las convicciones, apelar a la calidez personal y al desarrollo de una relación de confianza que no sea confrontativa.

También recurre a Karl Popper y su empleo del falsacionismo como un instrumento eficaz contra la estupidez. De acuerdo con el mismo, una  estrategia individual consistiría en evaluar las propias creencias sometiéndolas deliberadamente a argumentos o datos que puedan desmentirlas o cuestionarlas. Así, pone como ejemplo cuestionarse el hábito de comer carne exponiéndose deliberadamente a textos y estudios de posturas veganas o vegetarianas. El objetivo es aprender a salir activamente de las cámaras de eco de los pensamientos afines e investigar argumentos contrarios a la postura personal.

Como instrumento interpersonal contra la estupidez, algo especialmente importante en el campo en el que trabajamos, el aula, propone la aplicación del diálogo socrático: un método de indagación mediante preguntas abiertas que no confrontan ni descalifican al interlocutor, permitiendo que ambas partes analicen y refuercen la validez de sus opiniones… Hacer preguntas de exploración en lugar de señalar que el otro está equivocado o descalificarlo intelectual o moralmente.

La última herramienta que nos ofrece para trabajar contra la estupidez es la cultura del disenso y el círculo de decisión. Consiste en la prevención de la decadencia institucional o democrática mediante la inclusión formal del debate, la consulta a comités y la adopción de la discrepancia como mecanismo para la sabiduría colectiva. En el llamado "Círculo de decisión Azteca" una persona consultaría a un grupo cercano que deliberadamente le ofrece críticas y posturas alternativas antes de tomar una decisión.

Estas ideas nos invitan a preguntarnos qué condiciones hacen posible un diálogo verdaderamente filosófico. No basta con exponer opiniones contrapuestas: es necesario aprender a distinguir entre argumentos y descalificaciones, reconocer la posibilidad de estar equivocados, valorar las razones de los demás y revisar nuestras posiciones cuando existan motivos suficientes para hacerlo. Esto implica desarrollar las competencias propias de la Filosofía en Bachillerato, especialmente la argumentación racional, el análisis crítico de los prejuicios, la autonomía de juicio y la deliberación respetuosa sobre cuestiones relevantes en la constitución de nuestra identidad, como las  éticas y políticas.

Cuando yo era estudiante de Bachillerato, en las clases de Filosofía emulábamos las reglas de algunos programas de debate televisivo, especialmente de La Clave, de José Luis Balbín. Abordábamos cuestiones que nos afectaban personalmente y sobre las que no siempre resultaba fácil mantener la distancia necesaria para argumentar con serenidad: problemas éticos, como el aborto; políticos, como la pena de muerte; o metafísicos, como la existencia de Dios. Cada uno preparaba su propia posición, buscaba argumentos para defenderla y se enfrentaba a las objeciones de los demás, siempre con la posibilidad de reconsiderar sus planteamientos iniciales a medida que avanzaba el intercambio de ideas. El profesor o un compañero moderaba el debate, señalando los dilemas ineludibles y evitando que las cuestiones comprometidas quedaran soslayadas o fueran desplazadas por otras más convenientes para alguno de los interlocutores. Establecía, además, unas pautas de intervención que regulaban turnos de exposición generosos y contemplaban el derecho de réplica, incluidas las alusiones a intervenciones o argumentos previos. También se cuidaban las formas, prácticamente siempre consideradas y respetuosas. No se trataba simplemente de exponer opiniones, sino de aprender a defenderlas racionalmente y a someterlas a examen crítico a través del diálogo.

El panorama televisivo ha cambiado considerablemente desde entonces. ¿Os imagináis qué sucedería si intentáramos reproducir en clase la dinámica de buena parte de los programas de debate actuales? Probablemente, acabaríamos confundiendo la argumentación con la confrontación, la contundencia con la razón y la descalificación del adversario con la refutación de sus ideas. Quizá sea mejor no intentarlo y buscar la aplicación en el aula de esquemas de diálogo con mayor fundamento educativo.

Pero ¿qué ha cambiado realmente? ¿Hasta qué punto hemos incorporado a nuestra manera de discutir los hábitos de confrontación que predominan en las redes sociales y en buena parte del espacio público? Se han normalizado los argumentos amañados y la descalificación personal; también, en los debates en directo, la algarabía de las voces cruzadas y la lucha por silenciar al oponente. ¿Somos capaces de escuchar argumentos contrarios a nuestras convicciones sin sentirnos personalmente atacados? ¿Estamos dispuestos a reconocer que podemos estar equivocados o buscamos, simplemente, argumentos con los que defender posiciones inamovibles?

El vídeo anterior nos invita a reflexionar sobre estas cuestiones a partir de la teoría de la estupidez humana de Dietrich Bonhoeffer y de otras propuestas relacionadas con el pensamiento crítico, el adoctrinamiento y el diálogo filosófico. Su interés reside tanto en identificar los riesgos que determinadas actitudes representan para la convivencia democrática como en preguntarnos qué podemos hacer cada uno de nosotros para evitarlos.

Podemos presentar el vídeo junto a una encuesta cuyo objetivo es que el alumnado reflexione sobre su propia manera de asimilar la información, formarse un criterio y participar en un debate. A través de distintas situaciones cotidianas, cada estudiante podrá examinar hasta qué punto está dispuesto a cuestionar sus creencias, contrastar informaciones, escuchar argumentos contrarios, admitir sus errores y resistir la presión del grupo. La encuesta también permitirá explorar la influencia de las emociones en las discusiones, la dificultad de reconocer los propios límites y la capacidad de formular preguntas que ayuden a comprender un problema, en lugar de limitarse a refutar o descalificar a quien discrepa.

Al finalizar, se obtendrá un perfil orientativo de las fortalezas y los hábitos mejorables en seis ámbitos: la revisión crítica de las propias creencias, la escucha del discrepante, la autonomía frente a la presión social, la humildad intelectual, la argumentación y la conciencia emocional, y la práctica del diálogo socrático. No es un examen de inteligencia ni una clasificación de quién piensa mejor o peor, sino una herramienta para identificar tendencias en nuestra manera de razonar y debatir, y para decidir qué aspectos conviene trabajar.

Por tanto, la encuesta no está orientada a juzgar las opiniones, sino a examinar cómo llega cada uno a ellas, cómo las defiende y cómo reacciona cuando alguien las cuestiona. El propósito final es que esta reflexión nos ayude a construir en clase un espacio de debate en el que podamos discrepar sin descalificar, escuchar sin renunciar a pensar por nosotros mismos y cambiar de opinión cuando encontremos razones suficientes para hacerlo. Porque, si la Filosofía ha de servir para algo más que aprender teorías y repetir las respuestas de otros, una de sus tareas fundamentales es enseñarnos a pensar con autonomía y a deliberar con los demás.


Instrucciones

Lee cada situación y elige la respuesta que mejor describa lo que sueles hacer en la práctica. No respondas pensando en lo que sería ideal hacer, sino en cómo reaccionas habitualmente, incluso cuando te cuesta reconocerlo. El objetivo de la encuesta es ayudar a examinar nuestros propios hábitos de pensamiento y descubrir qué podemos mejorar.

I. Examinar las propias creencias

1. Cuando encuentro una información que contradice una opinión política o moral que considero importante, suelo…

2. Si tuviera que defender una opinión que considero indiscutible, ¿qué haría ante un argumento contrario especialmente sólido?

3. Cuando busco información sobre un asunto polémico, normalmente…

II. Escuchar y comprender al discrepante

4. En una conversación, alguien expresa una opinión que considero equivocada. Mi primera reacción suele ser…

5. Si un compañero sostiene una postura contraria a la mía, ¿hasta qué punto intento comprenderla?

6. Durante un debate, alguien me hace una pregunta que pone en evidencia una contradicción en lo que he dicho.

III. Convicciones, identidad y presión del grupo

7. Si la mayoría de mis amigos defiende una opinión con la que no estoy de acuerdo, normalmente…

8. Cuando alguien critica una idea política, moral o social con la que me identifico, suelo sentir que…

9. En las redes sociales, cuando encuentro una publicación que ridiculiza a quienes piensan como yo…

IV. Reconocer los límites del propio conocimiento

10. Si me preguntan por un asunto complejo sobre el que sé poco, lo más habitual es que…

11. Cuando una persona con mucho prestigio o reconocida como experta opina sobre un tema…

12. Cuando descubro que estaba equivocado sobre algo que defendía con seguridad…

V. Argumentación, emociones y persuasión

13. Si quiero convencer a alguien que mantiene una postura contraria a la mía…

14. Cuando alguien defiende una idea que considero perjudicial, pero lo hace con educación y buenos argumentos…

15. Durante una discusión, me doy cuenta de que estoy enfadado y de que eso está influyendo en mi respuesta.

VI. Diálogo socrático y cultura del disenso

16. Cuando alguien afirma algo que me parece absurdo, ¿qué tipo de pregunta suelo hacer?

17. Si en un grupo tenemos que tomar una decisión importante y todos parecen estar de acuerdo…

18. ¿Qué actitud me parece más adecuada cuando un debate termina sin que nadie haya convencido al otro?

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