Entrevista simulada Pregunta. En su obra sostiene que la noción de necesidad lógica no es una propiedad del mundo, sino de la racionalidad humana. ¿Debemos entender entonces la lógica como un constructo humano? Respuesta. No en el sentido habitual de “constructo”. La lógica no es una invención arbitraria ni una convención cultural que podríamos modificar a voluntad. Pero tampoco es una propiedad metafísica del mundo, como si las cosas fueran necesarias en sí mismas. La necesidad lógica —entendida en sentido estricto, como aquello que no puede ser de otro modo, en la línea de Aristóteles— es una noción primitiva, constitutiva de nuestra racionalidad. No la construimos: operamos con ella. Es una condición del pensar coherente. Pregunta. Si es así, ¿una inteligencia extraterrestre compartiría nuestra lógica? Respuesta. Compartiría lo esencial, sí. No necesariamente nuestras formalizaciones —nuestros sistemas simbólicos, nuestras teorías lógicas—, pero sí la noción de necesidad. Si esa inteligencia es verdaderamente racional, tendrá que distinguir entre lo que puede ser y lo que no puede ser, reconocer que una contradicción no puede ser verdadera y que ciertas cosas se siguen necesariamente de otras. Eso no depende de la biología humana ni de la cultura: define lo que entendemos por racionalidad. Pregunta. En el ámbito estético, ¿cree que la belleza responde a patrones racionales o a impulsos emocionales? Respuesta. A ninguno de los dos por separado. La experiencia estética no es un cálculo lógico, pero tampoco una mera reacción subjetiva. Cuando algo nos parece bello, lo que estamos captando es lo que yo llamo su “lógica interna”: una forma de coherencia o ajuste que se nos presenta como necesaria dentro de su propio marco. La emoción estética es la respuesta a esa captación. No es lo contrario de la lógica, sino su eco en la sensibilidad. En este punto, hay afinidades con Immanuel Kant, aunque creo que su idea de “necesidad subjetiva” puede clarificarse precisamente en estos términos. Pregunta. Usted también aborda la noción de Dios. ¿Podría entenderse como una expresión de una supuesta necesidad intrínseca de la realidad? Respuesta. No, porque no hay tal necesidad en la realidad. El mundo es contingente: lo que es, podría no haber sido. La necesidad, en sentido estricto, pertenece a la lógica, no a las cosas. Cuando las tradiciones religiosas hablan de Dios como necesario, no están describiendo una propiedad metafísica positiva, sino intentando situarlo fuera del ámbito de lo posible y lo imposible. En ese sentido, la discusión sobre la existencia de Dios, tal como suele plantearse, es equívoca. No estamos ante un objeto dentro del campo de lo que puede o no puede ser. Pregunta. Si el mundo es contingente, ¿puede haber contingencia sin causa? Respuesta. Desde el punto de vista lógico, sí. No hay contradicción en pensar que algo ocurra sin causa o que todo tenga causa. La causalidad no es una relación de necesidad lógica, sino una forma en que organizamos y comprendemos los hechos, sobre todo en la ciencia. La exigencia de que todo tenga una causa no es una verdad lógica, sino una expectativa profundamente arraigada en nuestra manera de entender el mundo. En eso, me distancio de tradiciones como la de Leibniz. Pregunta. Ya lo veo... ¿Cabe relacionar su pensamiento con el de Richard Rorty, especialmente con su idea de que la verdad no es la expresión de la realidad en sí, sino el resultado del éxito en nuestra interacción con el mundo? Respuesta. Rorty identifica la verdad con aquello que nuestras prácticas justifican o hacen funcionar. Yo creo que eso confunde dos niveles. La verdad es una noción básica: “cómo son las cosas en el mundo”. Otra cosa muy distinta es cómo justificamos nuestras creencias sobre ese mundo. Podemos estar perfectamente justificados y, sin embargo, equivocados. Reducir la verdad a la justificación es perder esa distinción fundamental. Y, además, deja sin explicar el papel de la necesidad lógica, que no depende de prácticas ni de consensos.
|