The structural fingerprints of disinformation: a content-agnostic framework
El artículo de Simone Redaelli, Giovanni Spitale y Federico Germani comienza poniendo de relieve la importancia de lo que en las sociedades actuales de la información ha venido a denominarse infodemia, definida por la Organización Mundial de la Salud como un fenómeno que consiste en el exceso de información, veraz o engañosa, que acompaña a crisis sanitarias, como brotes o epidemias. Establece un paralelismo entre el fenómeno de la pandemia y una difusión abrumadora y caótica de información, que generó incertidumbre e influyó significativamente en la percepción pública del riesgo, así como en la confianza en las instituciones de salud pública y en sus recomendaciones, y otros fenómenos de gran impacto sociopolítico, como el referéndum del Brexit o las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016, campañas que contribuyeron a socavar la confianza pública en las instituciones y en las medidas sociales, exacerbando el daño social. En este contexto, además, las tecnologías basadas en IA pueden amplificar el daño, al emplear algoritmos que reflejan sesgos humanos y desigualdades sociales, reforzando la discriminación y la marginación. Así, señalan que entre los efectos más emblemáticos de las infodemias se encuentran la demora en la búsqueda de atención médica, el incumplimiento de recomendaciones de prevención, el estigma hacia las poblaciones vulnerables, las compras compulsivas y la susceptibilidad a la publicidad engañosa.
El artículo surge de la necesidad de proporcionar estrategias de utilidad social para el análisis de la información y de su verosimilitud. La resistencia frente a la información falseada suele basarse habitualmente en desmentidos específicos de contenidos falsos, una práctica que encuentra su límite en las emociones comprometidas de personas proclives a su aceptación o en la dificultad que genera su corrección. La explicación de los mecanismos que sigue el engaño, por su parte, sirve para generar resistencia cognitiva ante la desinformación y fortalecer las capacidades críticas. Por último, la creación de etiquetas de credibilidad atendiendo a la fuente, los contextos y los mecanismos con los que la información fue recabada sirve para favorecer una evaluación más detenida de los contenidos divulgados. De fondo late la idea de que combatir la desinformación no debe basarse únicamente en intervenir sobre contenidos, sino también en actuar a nivel epistemológico, incidiendo en los procesos cognitivos, narrativos e interpretativos. No se trata tanto de imponer criterios sobre quiénes son los agentes de información creíbles —instituciones, plataformas, expertos o verificadores—, cuestión que en un contexto de polarización puede intensificar la desconfianza, el conflicto y las acusaciones cruzadas de sesgo, como de tratar la desinformación como un fenómeno psicológico, narrativo, social y cognitivo, cuyo tratamiento requiere una capacidad de análisis de su dimensión estructural y un reconocimiento de cómo el relato ha sido construido para poder obtener un criterio más ajustado de su fiabilidad.
Las medidas empleadas para desactivar informaciones falsas suelen ser reactivas, así, por ejemplo, el desmentido. El problema de las actuaciones reactivas es que suelen llegar tarde, ya que tratan de operar sobre una situación ya consolidada, en la que las personas han sido afectadas emocionalmente y han tomado una posición al respecto, por lo común difícil de modificar a pesar de las evidencias en su contra. También son comunes las actuaciones semirreactivas, como la inoculación psicológica, que, siendo preventivas en su intención general, son reactivas en su diseño al aplicarse sobre tácticas o contenidos ya identificados. En el artículo se hace hincapié, en cambio, en los esquemas de intervención preventiva, que no se centran en campañas o técnicas concretas, sino en el desarrollo de competencias críticas que permiten detectar el engaño a partir de los aspectos estructurales que enmarcan la información manipulada: su esquema narrativo, el modelo argumentativo empleado y la contrastabilidad de las fuentes aportadas. Así, la resistencia a la desinformación no depende solo de disponer de datos correctos; esto queda muchas veces fuera del alcance del lector común, que no dispone de otras fuentes distintas de las ofrecidas, con frecuencia, de forma interesada por los propios medios. Además, el impacto emocional de la desinformación puede lograr su efecto incluso cuando esta es desmentida públicamente con posterioridad. Resulta clave, por tanto, la prevención, y por eso los autores insisten en el valor de la adquisición previa de capacidades interpretativas que permitan una valoración inicial del rigor y la credibilidad de la información presentada antes de que la desinformación alcance el efecto manipulador buscado.
En el artículo se analizan los patrones estructurales recurrentes que permiten identificar una información falseada con independencia de su contenido, aludiendo para ello a tres estratos o capas: la narrativa, la lógica y la del pensamiento crítico.
A nivel narrativo, se subraya la idea de que la desinformación suele presentarse como un relato simplificado de buenos y malos, protagonistas de actuaciones ocultas de significativo impacto moral. Son relatos que simplifican la complejidad, generan adhesión afectiva y polarizan fenómenos que, en una interpretación más rigurosa, resultarían mucho más complejos.
A nivel lógico, los autores llevan a cabo un repaso de falacias reconocibles: apelación a la naturaleza, argumentum ad populum, inversión de la carga de la prueba, violación de la navaja de Occam, inconsistencias, afirmaciones no falsables y falacia de conjunción. Se trata de mecanismos persuasivos que se presentan como si fueran ejemplos de destreza argumentativa, pero con los que sus autores generan una apariencia de plausibilidad activando intuiciones e incidiendo de manera consciente sobre sesgos propios. Así, por ejemplo, se refuerzan nociones apelando a la naturaleza —si es natural, es bueno—; se emplea la popularidad en sentido positivo o negativo en función de la adhesión puntual a una idea —una mayoría que demuestra lo que dicta el sentido común o una masa manipulada, según el caso—; se lanzan afirmaciones extremas dejando la carga de la prueba en su refutación; se viola la navaja de Occam con explicaciones que multiplican hipótesis ocultas y presentan como manipuladoras las explicaciones simples y verificadas; o se presentan las refutaciones como elementos constitutivos de conspiraciones sofisticadas.
En la capa del pensamiento crítico, los autores señalan que la desinformación no explota únicamente una falta de conocimientos, sino, sobre todo, debilidades en el razonamiento y en la evaluación de pruebas. Por ello subrayan la necesidad de desarrollar un escrutinio factual y contextual: valorar si las afirmaciones se apoyan en evidencias fiables, si las inferencias están justificadas, si la información distingue adecuadamente entre correlación y causalidad, si utiliza datos independientes y contrastables, si tiene en cuenta el control experimental y si se apoya en fuentes creíbles. También destacan la importancia de la reproducibilidad y de la significación estadística como criterios básicos para valorar la solidez de una afirmación. Desde esta perspectiva, la desinformación no solo introduce errores, sino que aprovecha lagunas en la alfabetización crítica para imponer asociaciones indebidas, inferencias causales infundadas o apelaciones emocionales que eluden el examen empírico. A ello se añade otro rasgo frecuente de los discursos manipulativos: la interpelación moral o intelectual del receptor. La información no se presenta únicamente como verdadera, sino también como prueba de lucidez, independencia de criterio o integridad moral, de modo que disentir respecto a ella puede generar la sensación de ingenuidad, conformismo o inferioridad intelectual. La adhesión al relato deja así de depender exclusivamente de la solidez de las pruebas aportadas y pasa a vincularse a mecanismos de identidad y reconocimiento grupal, reforzando la resistencia emocional frente a posibles refutaciones posteriores. De ahí que enseñar pensamiento crítico no consista solo en detectar errores argumentativos, sino también en reconocer los mecanismos psicológicos y emocionales que condicionan nuestra aceptación o rechazo de determinadas narrativas, capacitando así a los sujetos para evaluar fuentes, cuestionar supuestos y participar de manera más autónoma y responsable en el ecosistema informativo.

