Los autores de este artículo recurren a la pandemia de COVID-19 y a la profunda división social generada por las medidas de prevención (entre las más llamativas, el confinamiento de la población, el uso obligatorio de mascarillas y las campañas de vacunación) para evidenciar los efectos de la polarización. Estos hechos pusieron de manifiesto la fragilidad del modelo de consenso heredado de la Ilustración, que sitúa en la razón humana y en la búsqueda del interés común el fundamento del progreso en las sociedades democráticas.
Frente a este ideal, representado por Levine, Chater, Tenenbaum y Cushman (quienes proponen el contratualismo racional basado en recursos como modelo unificado de cognición moral), Yuhan Fu y Yifan Mei (Sun Yat-sen University, China) argumentan que intervienen otros factores. Entre ellos destacan los principios identitarios, que priorizan el beneficio del propio grupo sobre la cohesión social; el sesgo de confirmación, que refuerza las ideas propias independientemente de sus consecuencias; y la primacía de la respuesta emocional sobre la búsqueda de acuerdos racionales.
La pandemia ejemplificó este fenómeno: una vez consolidados los marcos interpretativos, cada grupo siguió direcciones opuestas, reforzando paulatinamente sus posturas a favor o en contra de las medidas. Paralelamente, creció la confianza en las propias convicciones y el desprecio hacia las ajenas: cada bando reinterpretaba los datos emergentes como una montaña de evidencias de su propia lucidez y, a su juicio, de la supuesta insensatez (o incluso depravación) de quienes sostenían la posición contraria.
Según Fu y Mei, la polémica es inherente a los conflictos morales. Los desacuerdos en asuntos sujetos a interpretación (como el aborto o el control de armas) no son estados transitorios que se resolverán con negociaciones exitosas; al contrario, surgen en condiciones estables donde el desacuerdo cumple funciones psicológicas y sociales más poderosas que la mera búsqueda de consenso. Fallar en alcanzar un acuerdo no conduce a un pacífico status quo; por el contrario, alimenta la polarización, la formación de subgrupos morales y la ruptura progresiva de los marcos compartidos.
Sin duda, la polarización tiene relevancia no solo en el ámbito sociopolítico, sino también desde una perspectiva filosófica y racional: sacude la reflexión al introducir fenómenos “irracionales” como respuestas emocionales intensas o distorsiones provocadas por sesgos cognitivos —atajos válidos para la acción rápida, pero un lastre para el análisis crítico—. En este sentido, cabe preguntarse si la polarización es un fenómeno estructural inevitable o, más bien, el resultado coyuntural de una propaganda astutamente diseñada para consolidar apoyos incondicionales, independientemente de las evidencias contrarias a los intereses de quienes se benefician de ella.
Yuhan Fu & Yifan Mei: Moral Flexibility without Mutual Benefits: From Change to Disagreement

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